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Historias de la Historia

La historia de la cama: de los nidos de piojos a la espuma de la NASA

Lechos de 200.000 años, reyes que gobernaban en pijama, el sueño en dos tiempos y la espuma de la NASA: la historia del mueble donde pasas un tercio de tu vida.

El vídeo se carga desde YouTube al pulsar. Duración: 45 min.

Por JJ Priego · 23 de octubre de 2026

Hagamos cuentas rápidas. Si vives hasta los 80 años, vas a pasar unos 26 durmiendo: un tercio de tu existencia. La cama es el escenario principal de la vida humana. En ella nacemos, soñamos, enfermamos y, en la mayoría de los casos, morimos.

Hoy es tu santuario privado: cierras la puerta, te metes bajo las sábanas y el mundo desaparece. Pero eso es una rareza histórica. Durante gran parte de la historia se dormía apretado con padres, hijos, abuelos y a veces con los animales. Los reyes gobernaban desde la cama y los viajeros compartían colchón con desconocidos que roncaban y tenían pulgas.

Y hay algo más inquietante: hemos olvidado cómo dormir. Antes de la bombilla, el ser humano no dormía ocho horas seguidas. Así que acomódate, y no te duermas todavía.

No toques el suelo

La arquitectura del sueño no es un invento humano, es una herencia de los grandes simios. Chimpancés, gorilas y orangutanes construyen cada noche una plataforma para dormir, y los chimpancés eligen árboles cuyas ramas dan un nido estable, firme y a la vez flexible. El impulso de fabricar un lecho seguro y elevado viene, probablemente, de antepasados que compartimos con ellos. Lo que hicimos nosotros fue aplicarle ingeniería.

Para nuestros antepasados era cuestión de vida o muerte. En el suelo desnudo te esperan tres asesinos: la termodinámica, porque la tierra fría te roba el calor mucho más rápido que el aire; la suciedad y la humedad, paraíso de bacterias y hongos; y los visitantes nocturnos, de serpientes a escorpiones y roedores.

Tampoco fuimos los únicos. La imagen victoriana del neandertal durmiendo sobre piedras es falsa. En yacimientos como el de Esquilleu, en Cantabria, hay indicios de zonas de descanso junto al fuego con material vegetal. ¿Cómo se sabe, si la paja se pudre? Por los fitolitos, el esqueleto microscópico de las plantas que queda en la tierra.

Border Cave y Sibudu: ingenieros del sueño

En Border Cave, entre Sudáfrica y Esuatini, se han encontrado lechos vegetales de hace 200.000 años, obra de Homo sapiens físicamente idénticos a ti. Construían colchones de hierba sobre capas de ceniza, y la ceniza es una genialidad: según los investigadores, protegía a los durmientes de los insectos rastreros. Química inorgánica al servicio del sueño.

Hace unos 77.000 años, en la cueva de Sibudu, también en Sudáfrica, encontramos lechos de juncos y otras plantas que se fueron renovando durante decenas de miles de años. Y una guerra química contra los parásitos: la capa superior pudo estar hecha de hojas de Cryptocarya woodii, un árbol medicinal que produce sustancias que matan insectos. Insecticida natural, decenas de miles de años antes de Egipto.

Había incluso protocolo de desinfección. El suelo de la cueva muestra capas de ceniza intercaladas con restos vegetales: cada cierto tiempo, probablemente para librarse de plagas y basura, quemaban la cama y construían una nueva sobre la ceniza.

Egipto y la tortura del cuello

En el Antiguo Egipto la cama se vuelve símbolo de estatus. Los pobres dormían en paja o en bancos de barro; faraones y nobles, elevados, por encima de la gente común y de las serpientes. En la tumba de Tutankamón aparecieron muebles de lujo, entre ellos ocho reposacabezas, uno de marfil tallado con el dios Shu y leones en la base.

Pero te dolería el cuello. En lugar de almohada usaban un reposacabezas de madera, piedra o marfil terminado en una media luna rígida. Hay varias explicaciones: la vanidad, para no estropear peinados elaborados; el clima, porque el aire circulaba bajo la cabeza; los parásitos, que anidaban mejor en un cojín de tela; y la protección mágica, ya que muchos llevan figuras como el dios Bes y aparecen en tumbas.

Grecia y Roma: vivir en horizontal

Los griegos inventaron la kliné, abuela de tu sofá, y el simposio, que era literalmente una reunión de bebedores: hombres de clase alta que bebían vino aguado y discutían de política y filosofía tumbados sobre el lado izquierdo. De ahí la idea de que estar de pie es para los que sirven y estar tumbado, para los que piensan y mandan.

Los romanos tenían una cama para cada momento: el lectus cubicularis para dormir en un cuarto pequeño y oscuro, el lectus tricliniaris para comer y hasta un lecho nupcial que presidía el atrio. En los banquetes de élite, tres grandes lechos en U para nueve comensales, que se reclinaban sobre el codo izquierdo y dejaban libre la mano derecha. Imagina cenar así una sopa caliente. Era el símbolo del poder: soy tan rico que puedo vivir tumbado.

La Edad Media: todos a la misma cama

En la Edad Media, para la mayoría, no existía la habitación privada. Las casas giraban en torno a una gran sala con fuego en el centro, sin aislamiento, y la mejor calefacción eran los cuerpos. Toda la familia dormía junta y, en algunas casas rurales, los animales compartían estructura en invierno. Estiércol, rumiar de vacas y ronquidos del abuelo.

En una posada no alquilabas una habitación, sino un lado de la cama, ya ocupada por uno o dos extraños. El ejemplo más famoso es la Gran Cama de Ware, construida en Inglaterra hacia 1590: un monstruo de roble de más de 3 metros de ancho donde, según la fama, cabían al menos cuatro parejas. Shakespeare la menciona en Noche de Reyes y hoy está en el Victoria and Albert Museum de Londres.

Muchas camas no tenían somier, sino una red de cuerdas o cinchas, una solución que ya usaban griegos y romanos, que cedía y hundía el colchón, así que había que tensarlas. Y la fauna era peor: chinches, pulgas, piojos y ratones. Las patas se metían en recipientes con agua o aceite, y el dosel no era decoración: frenaba el polvo, los insectos y los excrementos que caían de las vigas, y creaba un microclima cálido.

Cómo durmió el resto del mundo

En el norte de China, el kang era una plataforma de ladrillo conectada al fuego de la cocina: el humo recorría túneles bajo la cama y los ladrillos soltaban el calor toda la noche. La superficie podía mantenerse a unos 40 grados toda la noche, y hay representaciones relacionadas con él desde la dinastía Han, hace más de 2.000 años.

En India y Pakistán, contra el calor húmedo, el charpoy, «cuatro pies»: un marco con una red de cuerdas tejidas, sin colchón, que deja pasar el aire bajo la espalda. En el Caribe y el Amazonas, la hamaca, que los marinos europeos copiaron porque se mueve con el barco. En Mesoamérica, el petate de palma era asiento, cama y sudario; en México aún se dice «ya se petateó». Los maoríes ofrecían a sus invitados un takapau, una estera ceremonial limpia. Y en el sudeste de Australia, los aborígenes llevaban la cama puesta: mantos de pieles de zarigüeya cosidas que acompañaban a su dueño desde la infancia, crecían con él piel a piel y servían de abrigo y de manta.

El Rey Sol y el futón

Siglo XVII. Para Luis XIV, el dormitorio de Versalles servía para gobernar. Ritualizó el lever y el coucher, levantarse y acostarse en público, con una jerarquía estricta sobre quién entraba en la cámara del rey y en qué momento. Cada gesto de la ceremonia tenía un valor de prestigio exactamente graduado para quien lo presenciaba.

Mientras tanto, Japón hacía lo contrario. Allí te descalzabas al entrar y el suelo de tatami era limpio, casi sagrado. Con la difusión del algodón se popularizó el shikifuton, un colchón fino que por la mañana se pliega y se guarda, y el dormitorio se convierte en salón. La habitación multiusos, siglos antes de los arquitectos modernos.

El sueño olvidado

Si te despiertas a las tres de la madrugada, no estás enfermo: duermes como un humano preindustrial. El historiador Roger Ekirch reunió más de 500 referencias en diarios, actas judiciales, libros de medicina y literatura y concluyó que en la Europa preindustrial lo habitual era el sueño en dos tramos. El primer sueño empezaba unas dos horas después del anochecer y le seguía una vigilia de una o dos horas. En ella se rezaba, se charlaba con quien compartía cama o se hacía el amor: un manual médico francés del siglo XVI aconsejaba concebir «después del primer sueño». Después llegaba el segundo sueño.

¿Biología o adaptación a las largas noches de invierno? Probablemente ambas. Lo que lo mató fue la pinza entre la luz artificial y los horarios de las fábricas: nos acostábamos más tarde, pero el silbato sonaba igual de temprano.

Muelles, látex y espuma espacial

En el siglo XIX, la teoría de los gérmenes hizo ver que las camas de madera y paja eran hoteles para chinches, y llegó la cama de hierro fundido, fácil de limpiar. Faltaba comodidad. A finales del siglo XIX y comienzos del XX llegaron los somieres de alambre y los colchones de muelles, y empresas como la de Zalmon Simmons los convirtieron en un producto de masas.

En los años 20 llegó el rival: según se cuenta, un científico de Dunlop batió savia de caucho como si fuera nata y la horneó, y nació la espuma de látex, con mucho rebote. Y el rebote era justo lo que la NASA quería evitar en 1966: buscaba un material que absorbiera los impactos en los asientos de sus aviones. Así nació la espuma viscoelástica de «memoria», que el Centro de Investigación Ames incorporó a un nuevo asiento y que reparte el peso del cuerpo en lugar de devolverlo. Tardó décadas en llegar de verdad a los dormitorios.

El lujo de la soledad

El gran cambio del siglo XX fue el espacio. Con la prosperidad de la posguerra se generalizaron los dormitorios separados, y hoy hasta se habla de «divorcio del sueño» en parejas que duermen aparte. En el siglo XXI la cama es un dispositivo, con colchones híbridos, bases ajustables y sensores. Y en 2017 unos investigadores bautizaron la ortosomnia, la obsesión por lograr un gráfico de sueño perfecto. Nuestros antepasados dormían en dos fases sin agobios; nosotros miramos una nota del 0 al 100.

Esta noche, cuando el colchón te sujete la espalda, agradece no tener que tensar cuerdas ni compartir cama con un desconocido. Y si te despiertas a las tres, estás viajando a una época más tranquila. El vídeo completo te espera arriba.

Fuentes