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Historias de la Historia

La historia de la medicina: cuando aprendimos a dudar de los maestros

De los cráneos trepanados a CRISPR: cómo la medicina dejó de preguntar quién lo escribió y empezó a preguntar qué pruebas había. Y lo que costó llegar ahí.

El vídeo se carga desde YouTube al pulsar. Duración: 48 min.

Por JJ Priego · 21 de octubre de 2026

Diciembre de 1799. George Washington, el primer presidente de Estados Unidos, se despierta con un fuerte dolor de garganta. Le cuesta respirar y su voz es apenas un susurro. Los médicos más prestigiosos de la región acuden a su casa, lo purgan, le aplican preparados en la garganta y, sobre todo, le practican varias sangrías. En pocas horas le extraen probablemente alrededor de dos litros de sangre. Esa misma noche muere.

No podemos saber si habría sobrevivido sin aquellas intervenciones, pero perder tanta sangre probablemente redujo sus posibilidades. Y aquí está la paradoja: aquellos médicos no eran ignorantes. Eran profesionales que aplicaban lo mejor de su época, convencidos de hacer lo correcto. Eran personas inteligentes atrapadas dentro de una teoría equivocada. Y una teoría falsa es especialmente peligrosa cuando parece explicarlo todo.

Pero esta no es solo una historia de errores. Es una de las más heroicas que existen: la de cómo aprendimos a mirar el cuerpo, a comparar resultados, a contar a los muertos y a aceptar que tener autoridad no significa tener razón.

Una piedra afilada

La medicina no empieza con una bata blanca, sino con una piedra afilada. Mucho antes de las pirámides, alguien raspó el cráneo de otra persona hasta abrir un agujero en el hueso. Es la trepanación, y se practicó en Europa, África, Asia y, con una frecuencia extraordinaria, en Sudamérica. No sabemos por qué: quizá para aliviar un golpe, tratar convulsiones o liberar alguna fuerza espiritual. Pero en algunos cráneos el hueso volvió a crecer alrededor del agujero. El paciente sobrevivió semanas, meses o años, sin anestesia ni antibióticos.

Los primeros sanadores también usaron plantas, aprendiendo por ensayo y error. Ötzi, el Hombre de Hielo, tenía más de sesenta tatuajes, muchos cerca de articulaciones desgastadas, y se ha planteado que algunos tuvieran un fin terapéutico. Durante gran parte de la historia, religión, magia y medicina fueron una misma respuesta ante el dolor.

Las primeras tradiciones escritas

Con las primeras ciudades, lo que antes se contaba empezó a escribirse. En Mesopotamia, la enfermedad podía ser un castigo divino, pero convivía con una medicina muy práctica: unos especialistas recitaban conjuros y otros preparaban remedios, y nadie veía contradicción. El Código de Hammurabi, de hace unos 3.750 años, fijaba honorarios y castigos para los cirujanos según el resultado y el rango del paciente: si la operación a un hombre libre salía mal y el paciente moría, al médico podían cortarle las manos.

En Egipto, Imhotep, arquitecto del faraón Djoser, acabaría venerado siglos después como dios de la medicina. Pero el documento más revelador es el Papiro Edwin Smith, de unos 3.600 años. Describe cuarenta y ocho casos de heridas y traumatismos con un método asombroso: examinar, describir, diagnosticar, tratar y clasificar cada caso como «una dolencia que trataré», «con la que lucharé» o «que no debe tratarse». Y los egipcios aplicaban miel en las heridas: hoy sabemos que su acidez y su concentración de azúcares frenan a muchos microorganismos. Es algo que veremos una y otra vez: la medicina descubre primero que algo funciona, y solo siglos después entiende por qué.

En el subcontinente indio, el ayurveda explicaba el cuerpo de un modo que no coincide con la biología moderna, pero reunió un enorme saber clínico y quirúrgico. La Sushruta Samhita describe instrumentos y una técnica arriesgada para operar las cataratas, además de procedimientos para reconstruir la nariz con colgajos de piel. Donde la mutilación nasal era un castigo, reconstruir un rostro era devolver la dignidad a una persona. Son antecedentes de la cirugía plástica.

En China, la tradición reunió una farmacopea inmensa, y siglos después la científica Tu Youyou partió de la medicina herbal tradicional y de la Artemisia annua para aislar la artemisinina contra la malaria, con métodos modernos. Y en 1247, el funcionario Song Ci recopiló un manual para investigar muertes sospechosas. En uno de sus casos más famosos, un hombre había sido asesinado con una hoz; los campesinos dejaron sus herramientas en el suelo, todas aparentemente limpias, y las moscas se reunieron alrededor de una sola. La verdad podía encontrarse observando las pruebas.

Hipócrates, los humores y Galeno

Hace unos 2.400 años, en Grecia, una tradición insistió en que la enfermedad tenía causas naturales; incluso la epilepsia, la «enfermedad sagrada». La asociamos con Hipócrates, aunque probablemente no escribió todo el corpus que lleva su nombre ni fue el primero. El médico debía mirar, escuchar, anotar y comparar. Por cierto, la frase «primero, no hacer daño» no aparece literalmente en el juramento hipocrático.

Pero aquella tradición transmitió también uno de los errores más influyentes de la historia: los cuatro humores. Sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. La teoría era elegante y lo explicaba casi todo, por eso costó tanto abandonarla. Si sobraba sangre, había que sacarla. Y si el paciente no mejoraba, quizá no se había sacado suficiente. La teoría sobrevivía aunque el enfermo no lo hiciera.

Roma llevó la salud pública a otra escala con acueductos, alcantarillas y baños. Y tuvo a Galeno, que había tratado a gladiadores y, como la disección humana era muy limitada, estudió sobre todo animales. Algunas conclusiones fallaron: creía que la sangre atravesaba el tabique del corazón por poros invisibles que no existen. Hubo quien lo corrigió, como Ibn al-Nafis, que explicó que la sangre debía pasar por los pulmones. Pero su autoridad era tal que, cuando una observación contradecía sus libros, muchos estudiantes pensaban que habían observado mal.

Hospitales, peste y cuarentena

El conocimiento no se apagó con la caída de Roma. Entre los siglos VIII y XIII, Bagdad, Damasco, El Cairo y Córdoba fueron grandes centros médicos, con bimaristanes: hospitales financiados por fundaciones caritativas, con farmacias, bibliotecas y atención a personas de distintas religiones. Al Razi distinguió la viruela del sarampión y Avicena escribió el Canon de medicina. La medicina fue siempre una conversación entre civilizaciones.

En 1347 llegó la Peste Negra. En Europa murió probablemente entre un tercio y la mitad de la población, y nadie conocía la bacteria responsable. Un apunte: el médico con máscara de pico no pertenece a esa pandemia, sino a brotes del siglo XVII. Lo que sí surgió fue una idea práctica. En 1377, Ragusa, la actual Dubrovnik, impuso un periodo de aislamiento a quienes llegaban de zonas afectadas. Con el tiempo se fijó en cuarenta días, quaranta giorni, y de ahí viene «cuarentena». No conocían los gérmenes, pero habían observado un patrón.

Abrir el cuerpo y comprobar

En 1543, Andrés Vesalio publicó De humani corporis fabrica. No fue el primero en diseccionar, pero hizo de la observación sistemática el centro de su trabajo y descubrió que Galeno se había equivocado en muchos detalles, porque buena parte de su anatomía procedía de perros, monos y cerdos. Lo peligroso de su mensaje era otro: un estudiante podía abrir un cuerpo y comprobar si su maestro tenía razón. La imprenta hizo viajar sus ilustraciones.

Ambroise Paré, cirujano militar, vio que las heridas de bala evolucionaban mejor sin aceite hirviendo. Y en 1628, William Harvey calculó cuánta sangre expulsaba el corazón, estudió las válvulas y concluyó que la sangre circulaba en un circuito. Aún no podía ver los capilares, pero había derribado otro pilar de Galeno con la demostración.

El encuentro entre continentes, muchas veces violento, también movió saberes: el Códice de la Cruz-Badiano recogió remedios indígenas y la corteza andina de la quina daría la quinina. Pero también viajaron enfermedades que, junto a la guerra y la explotación, causaron una de las mayores catástrofes demográficas de la historia. Contra la viruela, en Asia, África y el Imperio otomano se practicaba la variolación, y en Boston un africano esclavizado llamado Onesimus explicó que la había recibido en África. En 1796, Edward Jenner inoculó a un niño, James Phipps, con material de viruela bovina y luego lo expuso a la humana; hoy sería inaceptable, pero de la palabra latina para vaca nacería «vacuna».

Dolor, manos sucias y microbios

Antes de la anestesia, una amputación era una carrera contra el dolor: alcohol, opio, personas sujetándote y un cirujano que presumía de rapidez. En 1846, una demostración pública en Boston mostró que el éter permitía operar sin dolor consciente. Pero quedaba otro enemigo: la infección.

En 1847, en Viena, Ignaz Semmelweis comparó dos clínicas de maternidad: en la de médicos y estudiantes morían muchas más mujeres de fiebre puerperal que en la de comadronas. Cuando un colega murió tras cortarse en una autopsia con síntomas parecidos, lo entendió: los médicos pasaban de los cadáveres a las parturientas sin desinfectarse. Ordenó lavarse las manos con cal clorada y la mortalidad se desplomó. Pero no podía explicar qué eran aquellas «partículas cadavéricas», se enfrentó a sus colegas y quedó aislado. Murió en 1865, dos semanas después de ser internado en un psiquiátrico.

Mientras, John Snow cartografió en 1854 un brote de cólera en el Soho londinense alrededor de una bomba de agua de Broad Street, y Florence Nightingale usó la estadística para mostrar que muchos soldados morían por malas condiciones sanitarias. Louis Pasteur demostró que los microorganismos llegaban del entorno, Joseph Lister llevó el ácido carbólico al quirófano y Robert Koch relacionó bacterias concretas con enfermedades como la tuberculosis. La medicina se volvió moderna cuando aprendió a comprobar si una intervención salvaba más vidas de las que ponía en riesgo.

El siglo de los milagros y de los abusos

En 1895, Wilhelm Röntgen descubrió los rayos X, y en 1901 Karl Landsteiner identificó los grupos sanguíneos. Entre 1921 y 1922, un equipo de Toronto descubrió la insulina y la llevó a los pacientes, y la diabetes tipo 1 dejó de ser una sentencia. En 1928, Alexander Fleming vio que un moho frenaba a las bacterias; Howard Florey y Ernst Chain convirtieron la penicilina en medicamento. Y en 1980 la OMS declaró erradicada la viruela.

Pero más poder también significó más capacidad de hacer daño: los experimentos nazis, el estudio de Tuskegee, en el que se negó la penicilina a hombres negros con sífilis, la talidomida o las lobotomías. De ahí surgieron el Código de Núremberg, la Declaración de Helsinki, el Informe Belmont y el consentimiento informado.

Hoy secuenciamos genomas y CRISPR ya ha dado tratamientos para algunas enfermedades de la sangre, aunque no es una varita mágica. Y la resistencia a los antibióticos amenaza con devolvernos al pasado: la historia no siempre avanza en una sola dirección.

La gran lección

Durante casi toda la historia, una enorme proporción de niños moría antes de llegar a adultos, y un rasguño o un parto podían matar. Muchos seguimos aquí gracias a una red inmensa de médicos, enfermeras, comadronas, ingenieros del saneamiento y pacientes que aceptaron riesgos. La medicina avanzó cuando dejó de preguntar «¿quién lo escribió?» y empezó a preguntar «¿qué pruebas tenemos?». Y eso deja una pregunta incómoda: ¿en qué nos estaremos equivocando hoy? El viaje completo te espera en el vídeo de Historias de la Historia.

Fuentes