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Historias de la Historia

La historia del sombrero: lo que la humanidad lleva sobre la cabeza

De la Venus de Willendorf y el gorro de Ötzi a la corona, el fieltro con mercurio y el casco inteligente: la historia escrita sobre nuestras cabezas.

El vídeo se carga desde YouTube al pulsar. Duración: 56 min.

Por JJ Priego · 17 de octubre de 2026

Mira este objeto. Un sombrero. Quizá una gorra olvidada en una silla, un sombrero de paja para el verano o un gorro de lana que solo aparece con el frío. Parece algo simple, casi ridículo: una pieza de tela, cuero, paja o fieltro colocada sobre la zona más expuesta y simbólica del cuerpo. El lugar donde la piel se convierte en rostro, el rostro en identidad y la identidad en poder.

En una tumba de Mesopotamia, alguien fue enterrado con oro sobre la cabeza. No en la mano ni en el pecho: en la cabeza. Desde el principio entendimos algo inquietante: quien controla la cabeza controla el mensaje.

El sombrero nació para protegernos de la naturaleza y terminó decidiendo quién mandaba, quién obedecía, quién era libre y quién merecía ser marcado. Un gorro te salvaba del frío; una corona convertía a un hombre en dios; un gorro frigio, nacido de una confusión, incendió una revolución. Quizá el sombrero fue una de las primeras interfaces entre nuestro cuerpo y el mundo.

Un radiador que no se puede apagar

Hay que corregir un mito muy repetido: la cabeza no pierde mágicamente el cuarenta por ciento del calor corporal. La pérdida depende sobre todo de la superficie expuesta, y la cabeza es aproximadamente una décima parte de ella. Pero eso no la hace menos importante. El cerebro exige un suministro constante, y no puedes reducir demasiado el flujo de sangre que alimenta al órgano que piensa. El cráneo es un radiador encendido que no puede apagarse sin apagar la vida.

Por eso, si hubo un primer sombrero en los glaciares del Paleolítico, no fue un accesorio: fue una válvula de seguridad. No conservamos sombreros de hace treinta mil años, porque piel, fibra y madera se desintegran. Pero figurillas como la Venus de Willendorf muestran patrones en la cabeza que durante décadas se leyeron como peinados. Investigadores como Olga Soffer, J. M. Adovasio y David Hyland propusieron otra lectura: redes, gorros o tocados tejidos. Si es cierto, estamos ante la «revolución de las cuerdas»: antes del metal, ya dominábamos la geometría del trenzado.

Y a veces la arqueología concede un milagro. Ötzi, el hombre del hielo, conservado en los Alpes durante cinco mil años, apareció con un gorro de piel. No era una corona. Era supervivencia pura.

Sombras portátiles y primeras identidades

En el norte de África, cubrir la cabeza era crear una pequeña noche portátil. En Japón, la cultura Jomon dejó cerámicas con impresiones de cuerda, firma del dominio de la fibra. En Asia oriental y sudoriental, del kasa japonés al nón lá vietnamita, los sombreros cónicos resolvían a la vez sol, agua y calor: un tejado portátil para trabajar bajo el monzón.

Pronto la protección se volvió lenguaje. En Nueva Guinea, los tocados de plumas han sido identidad y rango. El sombrero altera la silueta: hace a alguien más alto, más visible, más peligroso. Su primera función fue salvar la vida; la segunda, alterar la percepción.

La cabeza que manda

Si todos tenemos cabeza, ¿cómo distinguir la que manda? Poniéndole algo encima. En Egipto, el faraón no solo gobernaba: aparecía. La corona blanca del Alto Egipto, la roja del Bajo Egipto, la doble corona y el nemes eran un mapa sobre el cráneo. Y no hay que imaginarlas como bloques de oro: muchas debieron de ser estructuras ligeras de cuero, fibras o lino endurecido. Incluso el khepresh, la corona azul ligada a la guerra y la ceremonia, era una base de cuero o tejido decorada con discos metálicos. La máscara de Tutankamón, en cambio, usa el oro, que no se oxida, para proteger del olvido.

En las tumbas reales de Ur, el casco de Meskalamdug fue martillado en oro y reproducía el peinado, cada rizo e incluso las orejas del rey. No decía «soy invulnerable». Decía: mi cabeza pertenece a los dioses. El tocado de la reina Puabi, con hojas de oro, lapislázuli y cornalina, hacía que su cabeza siguiera hablando tras la muerte. Y la estela de Naram-Sin muestra al rey acadio con un tocado de cuernos, símbolo divino.

Los micénicos fabricaron cascos con colmillos de jabalí, como el que describe Homero en la Ilíada. Y en los Andes, los textiles demuestran que el poder no siempre necesita metal.

Clasificar cabezas: libertad y exclusión

Antes que el pasaporte, el tocado fue un documento visual. En Grecia, el pétasos de ala ancha era el sombrero de los viajeros, el que lleva Hermes. En Roma, el pileus, un humilde gorro de fieltro, era el gorro del esclavo liberado: esta cabeza ya no tiene dueño.

Pero la historia tiene un humor extraño. Siglos después, los revolucionarios franceses quisieron recuperar la libertad romana y adoptaron el gorro frigio, que griegos y romanos habían asociado a pueblos orientales, a los «bárbaros». La Revolución fusionó ambos, y de un error iconográfico nació un incendio.

En la Edad Media, la mitra y la tiara papal convirtieron la autoridad espiritual en silueta. La kipá, el shtreimel, la taqiyah, el kufi o el turbante sij hicieron de la cabeza cubierta una frontera entre el cuerpo y lo trascendente. Y el casco de Sutton Hoo, de hierro con placas de bronce estañado, era un acertijo: sus cejas llevan granates, pero solo una tiene láminas brillantes bajo las piedras, así que una brilla distinto, y algunos investigadores han visto ahí una alusión a Odín, el dios tuerto. Quien lo llevaba prestaba su rostro a los dioses.

En el desierto, el turbante es ciencia climática contra el sol, el polvo y la evaporación. En China, los gorros de los funcionarios permitían leer el Estado en sus cabezas. Y en la Corea Joseon, el gat, de crin de caballo y bambú lacado, era una malla tan fina que la luz la atravesaba: bajo esa copa no había secretos. Plumaria mexica, gorros wari, tocados de plumas norteamericanos: archivos vivos de pertenencia.

Pero clasificar también tiene su cara oscura. En la Europa medieval, el Judenhut se convirtió en marca impuesta a los judíos en ciertas normativas. Y en 1925, la Turquía de Atatürk prohibió el fez, que un siglo antes había simbolizado la modernidad otomana.

Castores, mercurio y sombrereros locos

La obsesión europea por el fieltro perfecto se apoyó en el pelo de castor, cuyas fibras se entrelazan de forma excepcional. Esa demanda impulsó el comercio de pieles en Norteamérica, con compañías coloniales, violencia y epidemias. La elegancia urbana olía a bosque muerto.

Y faltaba el ingrediente más siniestro. En los siglos XVIII y XIX, la industria trataba las pieles con nitrato de mercurio y ácido nítrico en un proceso llamado carroting, por el tono anaranjado que dejaba. Los vapores provocaban temblores, irritabilidad y problemas de memoria; en Danbury, Connecticut, capital del sombrero, se hablaba de los Danbury shakes. La expresión «loco como un sombrerero» ya circulaba antes de que Lewis Carroll creara a su Sombrerero. Aquellos hombres no estaban locos por elección: estaban intoxicados.

Mientras, el sombrero de copa se volvió la chimenea social de la burguesía y la firma visual de Abraham Lincoln. Hacia 1850 nació el bombín, duro y ajustado, para que las ramas no tumbaran a los guardabosques; según se suele contar, acabó integrado en la identidad de las cholitas de los Andes bolivianos. Los objetos escapan de sus creadores.

Cowboys, boinas y fedoras

El sombrero de cowboy nació contra el sol y el polvo antes de que Hollywood lo convirtiera en mito. El charro mexicano y el cordobés andaluz hicieron de una herramienta rural una identidad. La boina vasca y pirenaica pasó del campesino al revolucionario, con la imagen del Che Guevara como icono global, y la barretina se convirtió en memoria colectiva de Cataluña. El sombrero Panamá, en realidad, nació en Ecuador, con paja toquilla.

El fedora tampoco nació exactamente de Sarah Bernhardt vestida de hombre. Su nombre viene de Fédora, la obra de Victorien Sardou estrenada en 1882, pero nada indica que ella llevara ese sombrero en escena. El nombre acabó en un sombrero blando de fieltro, y el cine negro lo transformó en la sombra oficial de la traición. La gorra de béisbol nació como dispositivo óptico, una marquesina para seguir una pelota blanca contra el sol, y acabó siendo una bandera que camina.

Del casco de acero al casco inteligente

En la Primera Guerra Mundial la cabeza volvió a ser el problema original, ahora por la metralla. En 1915 el casco francés Adrian era una lámina de acero dulce de unos 0,7 milímetros; el británico Brodie, de acero al manganeso, protegía de lo que caía desde arriba; y en 1916 el Stahlhelm alemán llegó a Verdún. El sombrero ceremonial murió en la trinchera. En 1919 Edward W. Bullard patentó el hard boiled hat, al que más tarde añadió una suspensión interna que separa el golpe del cráneo, y en los años veinte el sombrero cloche acompañó a la mujer urbana moderna.

Tras la Segunda Guerra Mundial el sombrero formal perdió utilidad, pero no murió: pasó de representar la clase a representar la identidad. El oro fue sustituido por el logo, y una gorra de campaña es hoy un uniforme emocional. El casco de astronauta lo llevó al extremo, con una atmósfera personal frente al vacío. Y el sombrero del futuro mide la fatiga, detecta caídas y usa enfriamiento radiativo para disipar calor hacia el cielo. Con un dilema: el casco que salva a un obrero puede registrar cada uno de sus pasos.

Tal vez nuestro error fue creer que el sombrero era algo externo. Quizá siempre fue el objeto situado justo encima del pensamiento, la frontera entre la intemperie y la identidad. El viaje completo te espera en el vídeo.

Fuentes