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Historias de la Historia

La historia de la muerte: cómo la humanidad intentó vencerla

De las cuentas de marfil de Sungir a la criónica y los chatbots de difuntos: medio millón de años intentando responder qué hacemos con el hecho de morir.

El vídeo se carga desde YouTube al pulsar. Duración: 48 min.

Por JJ Priego · 28 de octubre de 2026

Hace unos 34.000 años, en plena Edad de Hielo, una comunidad enterró a dos niños y a un hombre en un lugar que hoy conocemos como Sungir, en Rusia. Los cuerpos aparecieron cubiertos por más de diez mil cuentas de marfil de mamut, cada una cortada, perforada y pulida a mano. Fabricarlas debió de exigir miles de horas de trabajo.

Piénsalo: en un mundo donde cada hora contaba, invirtieron un tiempo colosal en personas que ya no podían devolverles nada. Quizá porque, en algún momento remoto, un cadáver dejó de ser solo un cuerpo sin vida y se convirtió en alguien que seguía importando.

Durante cientos de miles de años hemos conservado cuerpos, imaginado otros mundos y buscado formas de seguir existiendo cuando ya no estemos. Han cambiado las herramientas, pero la pregunta es la misma: ¿qué hacemos con el hecho de que un día vamos a desaparecer?

El nacimiento del funeral

Otros animales reaccionan ante la muerte de los suyos, pero no conocemos en ninguna otra especie una elaboración simbólica de la muerte comparable a la nuestra. Una de las pistas está en Atapuerca. En la Sima de los Huesos aparecieron restos de casi treinta individuos de hace unos 430.000 años, del linaje de los neandertales. Parte del equipo investigador propone que fueron depositados allí deliberadamente, aunque se sigue debatiendo. Entre los huesos apareció un único objeto, un hacha de piedra rojiza, distinta a todo lo demás, a la que llamaron Excalibur. ¿Una ofrenda? No podemos asegurarlo.

Con los neandertales pisamos terreno algo más firme. En La Chapelle-aux-Saints, La Ferrassie o Shanidar se han hallado cuerpos colocados de forma compatible con enterramientos intencionados. El famoso «entierro de flores» de Shanidar, por una concentración de polen junto a un cuerpo, está hoy muy discutido: parte del polen pudieron llevarlo abejas que excavaban sus nidos en el suelo. Pero aunque quitemos las flores, los cuerpos parecen haber sido depositados con cuidado.

Con nuestra especie las pruebas son más claras. En cuevas como Qafzeh y Skhul, en el actual Israel, hay enterramientos intencionados de hace unos 100.000 años, algunos con ocre rojo. Y en Sungir, aquella comunidad no se limitó a retirar unos cadáveres: construyó una escena que decía quiénes habían sido. Eso es un funeral. La biología terminaba, pero empezaba la memoria.

Conservar el cuerpo

Recordar no siempre bastó. Algunas sociedades intentaron detener también la desaparición física. Y las momias artificiales más antiguas conocidas no son egipcias. En 2025, un equipo dirigido por la arqueóloga Hsiao-chun Hung analizó cincuenta y cuatro enterramientos prehistóricos del sur de China y el Sudeste Asiático. Muchos cuerpos estaban en posturas muy contraídas y con huesos expuestos al fuego: habían pasado mucho tiempo sobre el humo hasta deshidratarse. Algunos casos superan los diez mil años, y uno, en el norte de Vietnam, se ha datado en unos 14.000. No conservamos los tejidos, pero las huellas térmicas lo delatan. La primera tecnología conocida contra la descomposición nació entre cazadores recolectores, con algo tan simple como el humo.

En la costa del desierto de Atacama, los chinchorro empezaron a momificar a sus muertos hace unos siete mil años, unos dos milenios antes de los primeros grandes desarrollos egipcios. Reforzaban el esqueleto con varillas, reconstruían el volumen con arcilla y lo pintaban de negro o de rojo, y la práctica no estaba reservada a las élites. En Çatalhöyük, en cambio, se enterraba bajo las propias casas: los vivos dormían y cocinaban sobre sus antepasados.

Pero nadie convirtió la conservación del cuerpo en una empresa tan monumental como Egipto. En los procesos más elaborados, la momificación podía durar unos setenta días: se retiraban algunos órganos, se deshidrataba el cuerpo con natrón y se envolvía en lino con amuletos. El corazón solía quedarse dentro, porque se le atribuía el pensamiento y la conducta moral. Y las pirámides llevaron esa ambición a una escala descomunal: la arquitectura como tecnología contra el olvido. En China, Qin Shi Huang se rodeó de un ejército de terracota; en los Andes, algunas momias de gobernantes incas siguieron recibiendo vestidos, alimentos y atención ritual.

Escapar de la muerte: Gilgamesh y los otros mundos

Ningún cuerpo dura eternamente, así que empezamos a imaginar otra salida. Hace más de cuatro mil años, en Mesopotamia, se escribió la historia de Gilgamesh. Cuando muere su amigo Enkidu, el rey comprende que le espera el mismo destino y sale en busca de Utnapishtim, el superviviente del diluvio, que había recibido la inmortalidad. Consigue una planta capaz de devolver la juventud, pero mientras se baña una serpiente se la roba. Gilgamesh vuelve a Uruk con las manos vacías y, ante sus murallas, entiende algo sorprendentemente moderno: no vivirá para siempre, pero algo de él puede continuar.

Las civilizaciones imaginaron destinos muy distintos. En Mesopotamia, los muertos bajaban a un mundo gris de polvo. En Egipto, el corazón se pesaba frente a la pluma de Maat: la conducta en vida tenía consecuencias. En China y en muchas sociedades africanas, los antepasados seguían formando parte de la familia. El cristianismo puso la resurrección en el centro de su mensaje, y el islam otorgó un lugar central al juicio y enterraba con sencillez, igualando a ricos y pobres. Incluso el Día de Muertos mexicano mantiene esa idea: la muerte no se niega, se la invita a sentarse a la mesa.

Dejarlo ir: impermanencia y filosofía

Otras tradiciones respondieron de forma radical. En diversas corrientes del hinduismo, la existencia es un ciclo de renacimientos, el samsara, y el objetivo es liberarse de él. Por eso la cremación es tan importante, y en Varanasi las piras arden a la vista, junto a la vida cotidiana. El budismo fue más lejos: no existe un yo permanente, todo cambia, y la muerte es la manifestación extrema de esa ley. En el Tíbet, el entierro celeste ofrece el cuerpo a los buitres, y la tradición zoroastriana usó las Torres del Silencio para no contaminar la tierra ni el fuego. Egipto decía: conserva el cuerpo. Estas tradiciones respondían: déjalo ir.

Los filósofos griegos propusieron vencer, al menos, el miedo. Epicuro razonó que la muerte no debería preocuparnos porque nunca coincidimos con ella: mientras existimos no está, y cuando llega ya no estamos. Los estoicos la pusieron delante, memento mori, para decidir cómo vivir. Marco Aurelio escribió sobre la brevedad de la vida mientras dirigía un imperio, y Séneca insistió en que no recibimos una vida corta, sino que desperdiciamos gran parte de ella.

Muerte y poder

La forma de despedir a alguien también hablaba de jerarquía. Hace unos 4.800 años, en Valencina, cerca de Sevilla, varias mujeres fueron enterradas en el tholos de Montelirio con atuendos cubiertos por no menos de 270.000 cuentas, sobre todo de conchas marinas. Pudieron necesitarse cerca de cincuenta mil horas de trabajo especializado. Aquella tumba hablaba de ellas, pero también de la sociedad que decidió recordarlas así.

En los Andes, a más de cinco mil metros, se han encontrado niños de la capacocha inca, ofrendas de máximo valor en la cosmovisión del imperio y, a la vez, una herramienta política. Y los sacrificios mexicas, que buscaban mantener el equilibrio del universo, reforzaban también el poder de quienes decidían qué vidas se ofrecían. Los funerales revelaban las desigualdades de los vivos.

La Peste Negra

En 1347, varios barcos genoveses procedentes del mar Negro llegaron a Sicilia con un enemigo invisible, la bacteria Yersinia pestis. En las zonas afectadas murió probablemente entre un tercio y la mitad de la población. Nadie entendía la causa, y el miedo buscó culpables: comunidades judías fueron acusadas falsamente de envenenar pozos y sufrieron matanzas. Los rituales funerarios colapsaron, los cuerpos acabaron en grandes fosas y aparecieron las danzas macabras, con esqueletos arrastrando al papa, al rey y al campesino por igual.

Un apunte: el médico con máscara de pico no pertenece a la Peste Negra. Esa vestimenta apareció siglos después, en brotes del siglo XVII. Lo que sí dejó la pandemia fue una herida cultural: calaveras y relojes de arena invadieron el arte durante siglos. La peste no destruyó sola el feudalismo ni creó el Renacimiento, pero aceleró cambios que ya estaban en marcha.

Cuando la muerte salió de casa

Con el tiempo ocurrió algo paradójico: cuanto más capaz fue la medicina de retrasar la muerte, menos dispuestos estuvimos a convivir con ella. Durante siglos, mucha gente moría en su entorno familiar, donde el cuerpo se lavaba y se velaba. El historiador Philippe Ariès habló de una «muerte domesticada», una tesis centrada en Occidente y discutida, pero útil para ver el cambio: la muerte abandonó la casa. En el siglo XIX los cementerios se alejaron de las ciudades, y durante la Guerra de Secesión se popularizó el embalsamamiento. En el siglo XX llegó el hospital, y morir empezó a percibirse como un fracaso médico.

Los respiradores crearon un problema nuevo: ¿cuándo está muerta una persona? En 1968, un comité de la Universidad de Harvard propuso criterios sobre el coma irreversible que influyeron en el concepto moderno de muerte encefálica. La muerte dejó de ser solo un hecho evidente y pasó a ser también una definición médica, ética y legal sobre la irreversibilidad.

Frente a esa tecnificación, en 1967 Cicely Saunders fundó en Londres el St Christopher’s Hospice y sentó las bases de los cuidados paliativos: quien ya no puede curarse no debe ser abandonado, y su sufrimiento, el «dolor total», no es solo físico. Elisabeth Kübler-Ross escuchó a quienes estaban muriendo; sus famosas cinco fases no son una secuencia obligatoria, pero su legado fue recordar que esas personas aún tienen algo que decir.

La inmortalidad del siglo XXI

Hoy hemos cambiado la planta de Gilgamesh por laboratorios, algoritmos y nitrógeno líquido. La investigación sobre el envejecimiento es real, pero las promesas comerciales van más rápido que las pruebas. La criónica conserva cuerpos a temperaturas extremas sin ninguna evidencia de que puedan revivir: la misma esperanza de las momias, con depósitos de acero en lugar de pirámides. Hay chatbots que imitan a difuntos, y debatimos la eutanasia, algo impensable cuando la muerte era cosa de los dioses. Y la pandemia de 2020 nos recordó que, cuando los rituales se interrumpen, el duelo se vuelve más difícil.

Existe una segunda muerte: el momento en que nadie recuerda que estuvimos aquí. Aquella comunidad de Sungir no pudo devolver la vida a sus niños, pero gracias a su gesto, 34.000 años después, sabemos que existieron. Derrotaron al olvido. Quizá esa sea la respuesta que llevamos construyendo toda la historia: amar, enseñar, cuidar, crear algo que siga moviéndose cuando ya no estemos. La muerte es la única cita a la que nunca llegaremos tarde, pero hasta entonces podemos decidir qué hacer con nuestro tiempo. El viaje completo te espera en el vídeo de Historias de la Historia.

Fuentes